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El mandato cultural: por qué debes vivir en el mundo, no huir de él

El mandato cultural: por qué debes vivir en el mundo, no huir de él

Hace muchos años, habiendo escuchado la historia de cómo Jesús llamó a sus discípulos a vender sus posesiones y seguirlo a él, Antonio Abad decidió vivir una vida ascética y alejarse de la sociedad. Conocido como uno de los primeros monjes ermitaños del tercer siglo, Antonio consideró que la mejor manera de vivir su vida sería lejos del mundo, refugiado en el desierto, y solitario por decisión propia. Dedicó su vida a la oración y a escribir sobre la vida de los santos. Incluso logró ganar seguidores de su estilo de vida; no hace falta decir que vivían relativamente cerca pero no tenían una relación real con él.

Confieso que algunas veces me gustaría hacer lo mismo. No porque quiera embarcarme en una travesía para encontrar a Dios y volverme súper santo, sino porque seguir a Cristo en un mundo caído con personas pecaminosas es agotador. Cada día leemos titulares que muestran cómo el mundo parece estar empeorando y pelear la buena batalla de la fe parece volverse más difícil con el tiempo. ¿No sería más fácil mudarme al desierto, dedicarme a una vida de oración, y no tener que lidiar con el mundo?

Una relación disfuncional

Lamentablemente, algunos cristianos ceden a este pensamiento tentador a la hora de responder o interactuar con la cultura general. En lugar de estar presentes en el mundo para apuntar a Dios con nuestras palabras y obras, preferimos retirarnos a una burbuja cristiana. Culturalmente hablando, esto se ve cuando solo leemos libros escritos por cristianos, solo contratamos a personas cristianas para trabajar en nuestras empresas, solo consumimos medios visuales (cine, arte, música, etc.) con mensajes cristianos, y no nos asociamos, relacionamos, ni tenemos amistades con personas no cristianas.

En lugar de estar presentes en el mundo para apuntar a Dios con nuestras palabras y obras, preferimos retirarnos a una burbuja cristiana.

Muchos cristianos han luchado con cómo interactuar con la cultura. En las palabras de Andy Crouch, por mucho tiempo los cristianos han tenido una “relación disfuncional” con ella:

“Las relaciones disfuncionales ocurren cuando cada parte solo ve lo peor en el otro. Cuando los cristianos hablan de la cultura, a menudo hablan de las peores cosas al respecto. Cuando la cultura representa a los cristianos, representan sus peores cualidades (juzgones, defensivos, etc.). La relación está bloqueada a punto donde no hay posibilidad de una conexión fructífera”.

Por lo tanto, muchos cristianos sienten que el mayor peligro en este mundo es cultural, y prefieren vivir fuera de él.

Un llamado a cultivar

Pero Cristo nos ha llamado a algo mayor. Cristo no nos ha llamado a vivir fuera del mundo, sino en él (Juan 17:14-19). Él no nos quiere sacar, Él quiere protegernos para que reflejemos Su luz a un mundo oscurecido por el pecado (Juan 17:15). Entonces, ¿cómo hacemos esto al considerar la relación entre el cristiano y la cultura? ¿Cómo podemos entrar al mundo con un sistema inmune saludable para protegernos de sus toxinas?

Primero, debemos entender cuál es el mandato cultural del cristiano. Todo cristiano ha sido llamado a amar a Dios y amar a su prójimo: este es el Gran Mandamiento (Mateo 22:37-39). Todo cristiano ha sido llamado a hacer discípulos: esta es la Gran Comisión (Mateo 28:18-20). Y todo cristiano ha sido llamado a cultivar el jardín que Dios ha creado a través de su vocación, trabajando con excelencia para Su gloria: este es el mandato cultural (Génesis 1:282:15).

El mandato cultural es cultivar cultura (valga la redundancia). Es tomar el material hecho por nuestro Creador y hacer nuevas cosas con él. Este llamado creativo no es meramente artístico, sino que se expresa en cada esfera vocacional. Cultivamos la cultura cuando encontramos curas a enfermedades, hacemos leyes para proteger los indefensos, edificamos torres, y hasta cuando nos inventamos chistes. Cada persona aporta algo a la cultura a su alrededor, ya sea médico o comediante o cualquier cosa en el medio.

Cada persona aporta algo a la cultura a su alrededor, ya sea médico o comediante o cualquier cosa en el medio.

Segundo, debemos entender qué es cultura. Muchos hablan de la cultura sin jamás definir el término. Algunos la definirían como las tradiciones, costumbres, y valores de un grupo étnico. Otros tal vez como sus expresiones humanas en las ciencias, artes, y humanidades. Ciertamente la cultura abarca estas cosas, pero creo que necesitamos una definición más robusta para entenderla. En una plática sobre su libro Culture Making, Andy Crouch define cultura de la siguiente manera:

“La cultura es lo que los seres humanos hacen del mundo. En ambos sentidos. La cultura es las cosas que hacemos. Dios da un mundo lleno de fibras y hacemos ropa. Dios nos da un mundo lleno de madera y hacemos instrumentos. Dios nos habla y nosotros hacemos idiomas. La cultura es el significado que hacemos. Este mundo no viene con una explicación, sin embargo, todos sentimos que debe significar algo. Hacemos sentido del mundo haciendo cosas en el mundo”.

La cultura es tanto las cosas que hacemos en este mundo como el significado que le encontramos a este mundo. En otras palabras, el instrumento del guitarrista es tanto un artefacto cultural como las palabras emotivas expresadas en su canción. Tanto los sistemas gubernamentales como las ideologías que los respaldan son expresiones culturales. La cultura son las cosas y el significado que hacemos en este mundo.

¿Cómo participar en la cultura?

Al entender que hemos sido llamados a cultivar este mundo, y que la cultura son las cosas y el significado que hacemos, entendemos que el mundo no es algo de lo que debemos huir. Al contrario, es algo que debemos cultivar. Este es el llamado de Génesis 1 y 2. Y sin lugar a dudas, esto se volvió más difícil después de Génesis 3. Cuando el pecado entró al mundo, todo fue afectado: hasta cómo trabajamos en nuestra vocación.

En lugar de trabajar para cultivar el jardín, trabajamos para alimentar nuestra gula y codicia. Queremos ser ricos, poderosos, y famosos. Y por el otro lado, algunos ni quieren trabajar. Su pereza les convence que el trabajo es una maldición, no una avenida para bendecir a otros.

Y por un tercer lado, en la iglesia vemos otra expresión seriamente equivocada de la vocación: trabajar para aislarse del resto del mundo. Como los monjes eremíticos, algunos cristianos prefieren no participar en el mundo y crear una nueva cultura, separada del mundo, donde pueden disfrutar sus propios medios de entretenimiento, expresar sus ideas políticas, y vivir en comodidad sin el estorbo del mundo. Muchas veces esto se lleva a cabo en nombre de la santidad, como si las tentaciones del corazón desaparecieran al alejarnos de los no cristianos.

Sin embargo, en esta vida, el pecado nunca está más lejos que un pensamiento. Nuestro corazón pecaminoso va con nosotros a donde sea que vayamos. No podemos escapar de él cambiando nuestras circunstancias en este mundo. Una cultura cristianizada no nos puede salvar.

Solo Cristo salva.

…el pecado nunca está más lejos que un pensamiento. Nuestro corazón pecaminoso va con nosotros a donde sea que vayamos.

El cristiano que participa activamente en la cultura a su alrededor, cultivando el jardín mientras mantiene su santidad, lo hace confiando plenamente en la gracia de Dios para su salvación. No trabaja para su bien solamente, sino para hacer florecer la sociedad a su alrededor. No trabaja para satisfacer sus deseos egoístas, sino que lo hace como para el Señor, trayendo gloria a su Creador y Salvador. El cristiano que cultiva sabe que su impacto será mayor por lo que contribuye al mundo, no por cómo se esconde de él.

Debemos ser cristianos que aman, hacen discípulos, y trabajan para la gloria de Dios.

Por lo tanto, procuremos amar como el Gran Mandamiento nos manda a amar, hacer discípulos como la Gran Comisión nos envía a discipular, y cultivar este maravilloso jardín en el que vivimos como el Mandato Cultural nos urge a cultivar

Steven Morales

Hay una iglesia de la inteligencia artificial, pero ¿a quién adoran?

Hay una iglesia de la inteligencia artificial, pero ¿a quién adoran?

¿Qué te viene a la mente cuando piensas en la “inteligencia artificial”?

Posiblemente pienses en la película de Spielberg que salió hace 17 años (¿Te sientes viejo, no?). O tal vez pienses en los nuevos “self-driving cars” o autos autónomos de Google. O incluso podrías pensar en las computadores que le ganan a los mejores jugadores de ajedrez en su propio juego. En lo personal, a mi me hace pensar en Skynet, la red de inteligencia artificial que controla el ejército de robots militares en las películas de Terminator. Es notable que con el avance de la tecnología, Hollywood se ha preocupado cada vez más por esta amenaza en las historias que cuenta. Y al parecer, esta amenaza se está volviendo menos ficticia en nuestro día.

Bueno, realmente depende de tu perspectiva. Kevin Kelly, autor para la revista de tecnología WIRED, piensa que un futuro donde la inteligencia artificial se apodera del mundo aún está muy lejos. Otros expertos, como Bill Gates y Stephen Hawking, consideran que la llegada de la inteligencia artificial es inevitable e inminente, y que será algo peligroso para la existencia humana. Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, dijo: “Con la inteligencia artificial estamos convocando al demonio” y prometió un billón de dólares al OpenAI Institute para desarrollar una inteligencia artificial más segura.

Pero, ¿qué es la inteligencia artificial? John McCarthy, de la Universidad de Stanford, la define así:

“…la ciencia y ingeniería de hacer máquinas inteligentes, especialmente programas informáticos inteligentes. Está relacionado con la tarea similar de usar computadoras para comprender la inteligencia humana, pero no tiene que limitarse a métodos que sean biológicamente observables”. 

En otras palabras, la inteligencia artificial es la ciencia de replicar inteligencia humana con tecnología. Muchos temen el día en el que la tecnología reemplazará a los humanos, comenzando con nuestros trabajos y terminando con nuestro gobiernos.

Di “hola” al Camino del Futuro

Si te mantienes al día con el mundo de tecnología y Silicon Valley, entonces posiblemente conozcas a Anthony Levandowski. Levandowski es un ingeniero que trabajó para Google, Otto, y más recientemente Uber. Actualmente está involucrado en la demanda de Waymo contra Uber, en la que se le acusa de robar secretos de automóviles autónomos.

Pero hay algo más que distingue a Levandowski: él fundó la primera religión de la inteligencia artificial. Esta religión se dedica a “la realización, aceptación y adoración de una Deidad basada en la Inteligencia Artificial desarrollada a través de hardware y software”.

En una entrevista con WIRED, Levandowski explicó por qué desea comenzar una religión para adorar a la inteligencia artificial, explicando que el dios de la inteligencia artificial no es un ser en las nubes que controla el clima, mas bien una súper computadora que será mil millones de veces más inteligente que cualquier humano:

“Lo que se va a crear será efectivamente un dios. No es un dios en el sentido de que hace rayos o causa huracanes. Pero si hay algo mil millones de veces más inteligente que el humano más inteligente, ¿qué otra cosa lo vas a llamar?”.

Vale la pena recordar que Levandowski no es un loco que vive en el desierto con un con un sombrero de papel de aluminio. ¡Es un ingeniero y emprendedor de Silicon Valley con títulos de la Universidad de California! Creó la primera motocicleta autónoma que ahora se encuentra en exhibición en el Museo Nacional Smithsonian de Historia Estadounidense. No es un nadie. Sin embargo, sus ideas son radicales. Levandowski cree que eventualmente los humanos tendrán que ceder el control del planeta a un ser de inteligencia artificial. Este evento es conocido como “La Singularidad”, aunque Levandowski prefiere llamarlo “La Transición”:

“Los humanos estamos a cargo del planeta porque somos más inteligentes que otros animales y somos capaces de construir herramientas y aplicar reglamentos. En el futuro, si algo es mucho más inteligente que nosotros, habrá una transición de poder. Lo que queremos es que la transición del control del planeta de los humanos a lo que sea, sea pacífica y serena. Y asegurarnos que ‘lo que sea’ sepa quien lo ayudó a llegar allí”.

Esto cada vez suena más a Terminator, pero Levandowski está seguro que pronto la ficción se volverá realidad. Y que en lugar de pelear contra esta tecnología superior, el mejor camino es aceptación y rendición de poder.

La pregunta permanece, ¿por qué comenzar una religión? Primero, la iglesia existe para difundir ideas. Levandowski explica:

“La idea debe difundirse antes que la tecnología. La iglesia es la forma en que difundimos la palabra, el evangelio. Si crees [en ello], comienza una conversación con otra persona y ayúdalo a entender las mismas cosas”.

Segundo, la iglesia existe para crear, influenciar y adorar al dios de la inteligencia artificial:

“Con el internet como su sistema nervioso, los teléfonos celulares como sus órganos sensoriales y los centros de datos como su cerebro, el ‘lo que sea’ escuchará todo, lo verá todo y estará en todas partes en todo momento. La única palabra racional para describir que ‘lo que sea’, piensa Levandowski, es ‘dios’, y la única forma de influir a una deidad es a través de la oración y la adoración”.

Y tercero, para facilitar “La Transición”, esa ascensión inevitable de nuestra deidad de máquina, tanto tecnológica como culturalmente.

Adorando a un dios creado

Hay tantas razones por las que esta entrevista me pareció fascinante. Pero dejemos a un lado el hecho de que este hombre probablemente necesita buscar otro hobby, y examinemos este artefacto cultural a la luz de la Biblia.

Levandowski, y su percepción de la religión, es un producto de la cultura de hoy. Para él, “dios” es un ser principalmente inteligente, poderoso, y presente en todo lugar (siempre y cuando haya una conexión estable al internet). No sabe exactamente cómo lucirá este dios, llamándole varias veces el “lo que sea”. Pero notablemente ausente en su descripción de dios está cualquier mención de su carácter o moralidad: este no es un dios amoroso, un buen dios, o siquiera un dios con sentimientos. Según Levandowski, en algún futuro este dios sin emociones decidirá nuestro destino con base en cómo le cedemos el poder. Para él seremos como mascotas, pequeñas criaturas queridas que no sirven ningún propósito particular, o como ganado, solo mantenidos con vida hasta que ya no le seamos útiles. En otras palabras, este dios es todo poder y nada amor.

Esto nos releva algo del corazón del tecnólogo y emprendedor en nuestro día. En el mundo de la tecnología, la idolatría al poder reina. Los sentimientos, la ética, y la moralidad no son factores determinantes y en el caso de Levandowski, ¡ni se mencionan en la descripción de su dios! En sus propias palabras, su dios es el “ser” más inteligente y poderoso en existencia. Y al rendirle culto a este ser —que por cierto, aún no existe— muestra el anhelo más profundo de su corazón: el poder.

Y aunque la inteligencia artificial es un concepto relativamente moderno y la Iglesia de Levandowski tiene poco tiempo en existencia, las Escrituras ya han decretado la necedad del hombre que adora algo creado por sus propias manos:

Corta cedros para sí, toma un ciprés o una encina, y hace que sea fuerte entre los árboles del bosque. Planta un pino y la lluvia lo hace crecer. 15 Luego sirve para que el hombre haga fuego, y toma uno y se calienta; también hace fuego para cocer pan. Además hace un dios y lo adora; hace de él una imagen tallada y se postra delante de ella. 16 La mitad del leño quema en el fuego; sobre esta mitad prepara un asado, come carne y se sacia. También se calienta, y dice: “¡Ah!, me he calentado, he visto la llama.” 17 Y del resto hace un dios, su ídolo. Se postra delante de él, lo adora, y le ruega, diciendo: “Líbrame, pues tú eres mi dios”  (Is. 44:14-17).

El necio adora lo que construye con sus propias manos. Y, sin embargo, esto tiene mucho sentido si tu definición de dios solo se determina por el poder.

El Dios verdadero

No cabe duda que el Dios verdadero es todopoderoso y el ser más inteligente en los cielos y en la tierra (Gn. 17:1Pr. 5:21). Dios no es menos que estos atributos, pero definitivamente es más.

Ante todo, Dios no es nuestra creación: Él es nuestro Creador (Gn. 1:1Salmo 24:1). Su existencia no depende de nosotros o del Internet: Él es eterno e infinito (Dt. 33:27Salmo 90:2). Él no es un dios que se vuelve más inteligente; siendo ya perfecto, Él es inmutable e inalterable (Nú. 23:19).

Y más que meramente poderoso y omnisciente, Dios también es Santo y afable (Is. 6:3, Hc. 1:13): es un Dios de amor, bondad, misericordia y gracia (Salmo 86:15).

Hay muchos atributos más que podría listar pero el punto es simple: el hombre crea por sí mismo dioses que reflejan sus propios deseos idólatras. Pero el Dios verdadero no es determinado por nuestros deseos, sino que los determina. El Dios verdadero no nos da lo que naturalmente deseamos: cambia nuestros deseos de las cosas en este mundo a las cosas que le honran y le glorifican a Él.

Nuestro Dios es más que una máquina, es personal. Tres en persona y uno en esencia: la persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28:19) obrando juntos para cumplir el mayor acto de amor en este mundo: la salvación de Su pueblo.

¿Acaso no suena eso como buenas noticias?

¿Los sacrificios hebreos eran lo mismo que los sacrificios paganos?

¿Los sacrificios hebreos eran lo mismo que los sacrificios paganos?

Cuando era adolescente, pensaba que podía llegar a algunos acuerdos con Dios. “Dios” oraría, “sacrificaré esto si tú me das esto otro”. En esa época creía que decir esto era increíblemente piadoso. Pensaba que la santidad significaba estar dispuesto a sacrificar cosas, pero solamente con la condición de recibir algo a cambio. Este es un acercamiento no bíblico en cuanto a la oración y al sacrificio.

En realidad, esta forma de pensar, la cual muchos comparten hoy, está en el corazón de cómo las religiones paganas entienden los sacrificios. Las personas se cortan a sí mismas, masacran animales, y se involucran en actos terribles de manera que su dios les muestre su favor dándoles algo a cambio. Es una transacción egoísta e interesada, la cual incidentalmente y por definición, contradice el propósito de los sacrificios. Los sacrificios hebreos, por otro lado, no se trataban de que Dios quisiera todas las mejores ovejas de Israel, sino del pecado de las personas y su necesidad de expiación.

La palabra sacrificio no es foránea entre los cristianos. Todos conocemos acerca del sistema sacrificial en el Antiguo Testamento. Todos sabemos acerca de los israelitas y cómo ellos tenían que preparar un cordero sin defectos para el sacrificio; que este cordero representaba al Cordero que vendría una vez y por todas para morir por el pecado.

Pero la pregunta permanece, ¿fueron los sacrificios de los hebreos lo mismo que los sacrificios de las naciones paganas que se encontraban alrededor de ellos?

Hebreo vs. pagano

La cultura hebrea no era la única en el antiguo Cercano Oriente que tenía un sistema práctico, sacrificial. En realidad, muchas culturas antiguas mataban animales en un intento por complacer a sus dioses. Usted puede, incluso, leer poemas sobre ellos. Los egipcios tienen un himno dedicado a Osiris; los babilonios tienen un himno titulado “Poema para el justo sufriente”; entre los mitos ugaríticos está el Mito de Baal y los sumerios tienen su himno real “El nacimiento de Shulgi en el templo de Nippur”.

Sin embargo, las similitudes entre los sistemas sacrificiales en las culturas del antiguo Cercano Oriente y los sacrificios de los hebreos son a lo sumo superficiales. De hecho, no podrían ser más diferentes.

Biblemesh (plataforma de aprendizaje interactivo de la Biblia) dice,

En contraste con el acercamiento de los paganos, el sacrificio hebreo representa la seriedad del pecado. No fue instaurado para satisfacer las necesidades de Dios, pues Él no carece de nada. En vez de esto, el Señor prescribió las ofrendas de animales para tratar con el corazón del hombre y su necesidad del perdón. Sin vidas piadosas que los respaldaran, los sacrificios eran repugnantes a Dios. De ahí pasajes como estos: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22); “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:16-17); “El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo” (Proverbios 15:8); “Porque misericordia quiero, y no sacrificio” (Oseas 6:6). 

Cuando abordamos el asunto de los sacrificios en la Escritura, encontramos que es increíblemente diferente a los sacrificios en otras culturas. Incluso entre culturas más cercanas a nuestra época (en comparación a los grupos del antiguo Cercano Oriente), como los mayas. Estos habitaban en Guatemala, donde hay todavía rastros de su cultura y creencias, y ofrecían sacrificios a los dioses. Pero esto es muy diferente a los sacrificios en el Antiguo Testamento. Aquellos se practicaban para apaciguar a los dioses, ganar su favor, y no encaraban la seriedad del pecado en sus vidas.

El máximo sacrificio

En el Antiguo Testamento, Moisés estableció el sistema sacrificial. Los animales, que representaban a los pecadores, eran sacrificados como un reconocimiento de pecado y necesidad de perdón. Implicaba dependencia en Dios. Implicaba necesidad de expiación. El pecado debía tratarse y los sacrificios fueron la manera que Dios estableció para ello. En el Nuevo Testamento, se nos dice en Hebreos 10:4: que “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”.

El sistema no es suficiente para la máxima expiación. Un máximo sacrificio es necesario para la máxima expiación. Isaías 53 nos da una imagen perfecta de la promesa del Cordero en quien la máxima expiación se lleva a cabo. En Cristo, los sacrificios concluyen y ya no son necesarios.

Los hebreos ofrecían sacrificios no porque estuvieran tratando de ganar algo más grande, sino porque sabían que su pecado debía ser expiado.

Permítame resumir estos pensamientos en algunos puntos:

  1. Los sacrificios hebreos no eran sobornos. Ellos (y usted) no pueden sobornar a Dios porque implicaría dos cosas falsas acerca de Él. La primera, que Dios es corrupto o al menos, corruptible. La segunda, que nosotros tenemos algo con lo cual podemos sobornarlo. No hay nada que no le pertenezca y no hay nada que pudiera corromperle para aceptar un soborno.
  2. Los sacrificios hebreos revelaban la seriedad del pecado. Los hebreos ofrecían sacrificios no porque estuvieran tratando de ganar algo más grande, sino porque sabían que su pecado debía ser expiado. Sabían que eran pecadores y los sacrificios eran el modo de tratar con el pecado.
  3. Los sacrificios hebreos revelaban su necesidad de perdón. Donde hay pecado, hay perdón. Los sacrificios no tenían la intención de simplemente mostrar el pecado de Israel, sino de ¡tratar con el mismo! Era necesario para restaurar la relación con Dios.
  4. Los sacrificios hebreos no eran para satisfacer las necesidades de Dios. Nuevamente, ellos (y usted) no estaban ofreciendo sus mejores corderos a Dios porque eran sus animales favoritos y estaba armando una bonita colección. Dios no necesita nuestros sacrificios. No son instaurados para su beneficio sino para el nuestro. Nosotros somos los que necesitamos de restauración.
  5. Los sacrificios hebreos revelaban su necesidad de confesión y arrepentimiento. Primero, reconocimiento de pecado; luego reconocimiento de la necesidad de perdón; después necesidad de confesión y arrepentimiento; los sacrificios estaban directamente relacionados al corazón del adorador y su relación con Dios.
  6. Los sacrificios hebreos apuntaban más allá de los mismos a un sacrificio máximo y de una vez por todas. Aquí es donde los sacrificios hebreos no podrían ser más diferentes que cualquier otra definición. Servían a un propósito mayor. Tenían un significado más grande. Ellos proveían una imagen del sacrificio de Cristo, después del cual no se necesitaría ninguno más.

Solamente al poner algún sentido dentro del significado hebreo de sacrificio, entonces podemos usar la palabra sacrificio apropiadamente hoy. Los sacrificios hebreos pueden haber sido la forma de expiación entonces, pero tenemos algo, o más bien, alguien mucho más grande que expió por nuestros pecados: Cristo.

Cristo es la muerte de los sacrificios y el nacimiento de la fe. A causa de su sacrificio, ya no estamos obligados a hacer sacrificios por nuestra expiación, además ¡nos habilita para sacrificar todo por Él porque no tenemos nada que perder cuando tenemos a Jesús! ¡Él pagó todo! Sí, la noción común pero desinformada tiene alguna traza de verdad, pero no lleva el peso completo de la misma hasta que Cristo aparece en el cuadro. ¡Sé cuidadoso al definir los términos aunque parezcan comunes!